Aportes al debate de ideas sobre la democratización del Poder Judicial en nuestra Argentina. *
sábado, 6 de abril de 2013
SOLIDARIDAD ante nuestros hermanos afectados por el Temporal.
Compartimos el comunicado del Ministerio Público Fiscal, que recibe donaciones para los afectados por el temporal:
A todos aquellos que puedan colaborar con colchones, ropa de cama, frazadas, calzado, alimentos no perecederos, leche en polvo, pañales, velas, ropa de abrigo, electrodomésticos, entre otras cosas, por favor, acercarlo a la sede de la Procuración General de Av. De Mayo 760. Ante cualquier consulta, contactarse con Néstor Farese o Jorge Etchemendi al 4338-4356 en el horario de 8 a 19. Todo lo que se reciba será destinado a las víctimas de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires.
Fuente: http://www.mpf.gov.ar/index.asp?page=%2FReporteNoticia.asp%3FIdRegistro%3D734
SOBRE LAS NECESARIAS REFORMAS DE LA JUSTICIA
* Por Claudia Cesaroni, integrante del Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC)
Cíclicamente,
frente a una resolución judicial que no conforma a un sector o persona
determinados, se utiliza la figura del juicio polìtico -como amenaza, o a
través de su efectiva implementación- para castigar al juez, fiscal o
tribunal en falta.
Los ejemplos abundan, y abarcan decisiones
judiciales variadas y de diverso contenido, aplicadas en diferentes
momentos del proceso penal:
- Caso 1: funcionarios de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) denuncian que un productor agropecuario entrerriano dispara reiteradas veces a su vehículo, como reacción frente al cumplimiento de las tareas de control y fiscalización efectuadas por los funcionarios. Ante la decisión de un fiscal de la provincia de Entre Ríos de dejar en libertad al presunto agresor, mientras se realizan la pericias correspondientes, varios diputados y funcionarios lo critican duramente, amenazando con someterlo a juicio político. Luego de que el procurador general de la provincia respalda la actuación del funcionario, la amenaza se diluye, y solo se presenta un proyecto de resolución reclamando “celeridad y rigor” en la investigación.
- Caso 2: los integrantes de un tribunal oral provincial absuelven a la totalidad de los acusados por la desaparición de una joven mujer, sucedida en 2003, porque entienden que no son suficientes las pruebas aportadas como para demostrar su participación en ese delito (sí, en otros, pero no en el secuestro y desaparición de la joven) Se promueve el juicio político contra los tres jueces, de modo inmediato, por parte del oficialismo de la provincia.
- Caso 3: un juez de ejecución nacional decide otorgar salidas transitorias a personas que han cumplido los requisitos legales como para obtenerlas: mitad de la condena cumplida y las calificaciones -que pone el Servicio Penitenciario Federal-, exigidas: 9 o más en conducta y 7 o más en concepto. En un caso, la persona que tiene salidas transitorias comete un nuevo y gravísimo delito: viola y mata a una joven. Es nuevamente detenido y condenado a prisión perpetua. En otro caso, la persona con salidas transitorias -que cumple en Resistencia, Chaco, a centenares de kilómetros de la sede donde trabaja el juez- es acusado del mismo delito: violación seguida de muerte. A pedido de una asociación civil, y de integrantes del Consejo de la Magistratura en el segundo caso, se le inician sendos juicios políticos al juez de ejecución, por haber otorgado salidas transitorias a personas que estaban en condiciones de tenerlas; por no haber “previsto” que iban a cometer crímenes.
Son solo tres casos, pero hay muchos más. Nos preocupan dos cuestiones:
1-
El intento de suplantar la revisión judicial de una resolución con la
que, por el motivo que sea, alguna de las partes o terceros (diputados,
senadores, consejeros, asociaciones de víctimas, etc) no está de
acuerdo, por un pedido de castigo frente a los autores -jueces,
fiscales, camaristas- de esas resoluciones con las que no se acuerda.
Sobre todo, si son casos políticamente sensibles para determinados
sectores de la población, o particularmente graves por el tipo de delito
que se juzga.
2- Se argumentan cuestiones con
las que es difícil no acordar, como por ejemplo, las diferentes
situaciones que atraviesan personas humildes frente a personas
poderosas: “a las hermanas J las tienen presas hace dos años por
defenderse de un violador, y al empresario agropecuario, porque es
poderoso, lo dejan libre”. Los ejemplos son ciertos, y podrían darse
muchos más, que confirmarían esa intolerable desigualdad. Hay más
iniquidades todavía: los pobres son más frecuentemente detenidos que los
ricos, y más aún, los pobres varones y jóvenes que viven en barrios
degradados. Un joven de clase media encontrado con dos porros no pasará
más de unas horas en una comisaría, hasta que su madre o padre lo pase a
buscar. Si ese joven vive en la villa o en un barrio de alguna
periferia, lo pasará mucho peor, y por más tiempo. Y así de seguido.
Pero no debería propugnarse la nivelación para abajo, en vez de luchar
para terminar con la discriminación y el clasismo en la justicia. No se
trata de que más gente la pase mal, o sea detenida sin causa, o pase
presa el tiempo que dure el proceso, sino que se trata de que nadie
sufra esas violaciones de derechos humanos. Eso, una violación de
derechos, es ser detenido sin motivo, o porque tenemos determinado
aspecto, o porque vivimos en este o aquel barrio. Y también es una
violación de derechos, estar presos/as antes de que haya una condena
firme, se trate de una persona humilde o de un poderoso productor
agropecuario.
Lo contrario sería plantear algo
así como que, como las personas humildes son mal atendidas en algunos
hospitales públicos y los/as niños de barrios degradados reciben
educación de mala calidad, debería darse un mal servicio sanitario y
educativo a todos/as los/as pacientes de todos los barrios, y someter a
todos/as los/as niños/as y adolescentes a que padezcan una mala
educación, para igualar...
Quienes trabajamos
cotidianamente con personas privadas de libertad y sus familiares,
personas concretas que sufren el daño que provoca la cárcel en todo lo
que toca, no queremos más pena, que es más dolor y sufrimiento, para más
gente. Se trata, por el contrario, de pensar en reformas que disminuyan
el sufrimiento, y que desmonten el funcionamiento clasista, corporativo
y discriminatorio del aparato judicial1.
jueves, 4 de abril de 2013
La Justicia y los medios
LA DEMOCRATIZACION DEL PODER JUDICIAL
.
Opinión
La decisión de intervenir en un movimiento renovador, democrático,
popular y participativo, como yo entiendo es el llamado “Justicia
legítima”, implica también una militancia en los pensamientos y posturas
que se tienen respecto de temas más o menos conflictivos, sin que sea
una tibia manifestación políticamente correcta. Es hora de tomar partido
públicamente y apoyar firmemente esta iniciativa, de cambiar las cosas o
al menos de mostrar que no todos estamos de acuerdo con lo que se
entiende por Justicia tradicional. Digo esto para insinuar de alguna
forma el estilo tan “apolítico” de algunos sectores que conforman la
Justicia tradicional, que como ya se sabe de apolítico sólo portan un
cartel, ya que a la hora de fijar posiciones aparecen del lado más
conservador, reaccionario y antipopular que pueda imaginarse. Nunca he
visto militantes del campo popular, progresistas, o defensores de la
justicia social, llamarse apolíticos. En términos más sencillos, todo
autodenominado independiente, apolítico o apartidario encubre a un firme
defensor de las derechas vernáculas, y del statu quo en el que
aprovecha ciertos privilegios. ¿De qué se es independiente en verdad?
Nuestras democracias latinoamericanas, contemporáneas y
posdictatoriales han tenido que padecer gobiernos de transición que
permitieron el pasaje de los genocidas, asesinos, ladrones y cipayos
económicos, a la alegría, la esperanza y el estado de derecho de unas
democracias acosadas por los derrotados, aunque pese a ello hoy a la
distancia merecen reconocimiento de lo que significó el primer juicio a
los militares en un contexto tan difícil y precario. Luego, en nuestro
país, volvieron los ladrones, los amantes del dorado, la pizza y el
champán, el mal gusto y la entrega económica, privatizando todo a su
paso, entre fiestas, y fábricas cerradas. Luego llegaron los
inoperantes, con sus claudicaciones y su vuelta al neoliberalismo, hasta
que en diciembre de 2001 se terminó el juego y las recetas impuestas
partieron rumbo a nuevos horizontes que saquear, con la promesa de
volver en cuanto pudiéramos alzar la cabeza. Luego otra transición
difícil de explicar, con siete presidentes en brevísimos períodos.
Finalmente, alguien desconocido que se ha transformado por sus actos
concretos y acciones directas en un referente ineludible de la historia
argentina. Alguien simplemente distinto y mejor.
Frente a este panorama y la actual lucha por una Argentina
económicamente independiente, políticamente soberana, socialmente justa y
popularmente movilizada, estamos nosotros, los que trabajamos en la
Justicia. Pese a los cambios en estos últimos treinta años, siempre los
medios de comunicación estuvieron del lado de sus intereses, creciendo,
formando monopolios, dictando lo que había que hacer o no hacer desde
sus titulares y el calificativo de cuarto poder pretendía colocarlo a la
altura de las instituciones democráticas, sin que nadie haya votado sus
propuestas y en algunos casos con el único objetivo de hacer sus
negocios a costa de la verdad. Por cierto, hubo y hay excepciones y los
trabajadores de prensa nada tienen que ver con sus empleadores e incluso
algunos diarios, es justo mencionarlo, fueron verdaderos defensores de
la prensa libre y democrática.
Comparto la posición de Luigi Ferrajoli, cuando nos dice que la
crisis de las democracias, por acciones de las recetas neoliberales,
puede encontrarse en unas sociedades fracturadas en grupos mezquinos y
sectoriales, con ruptura de la solidaridad social, con una indiferencia
por la militancia y la participación política. Una degradación de los
derechos humanos y –agrego– del binomio Verdad y Justicia, degradando a
la memoria a un concepto aliado a las revanchas y contra la pacificación
(no puedo dejar de pensar en Instrucciones a los Fiscales, la
obediencia debida, el punto final y los indultos). Siempre,
históricamente acompañado por el discurso de la inseguridad, que se
construye mediáticamente, contra las estadísticas oficiales, y
respaldada por un movilero entrevistando a un familiar del reciente
asesinado. La reiteración hasta el hartazgo de la misma noticia fatal y,
si es acompañada de la queja vecinal, mucho mejor.
La falsa afirmación de que garantismo es igual a inseguridad, y
nuevamente, como nos enseña Zaffaroni, la criminología mediática
condicionando las decisiones del Poder Judicial. Por ejemplo pidiendo
destituciones de jueces por aplicar la ley. En el medio, la ideología
xenófoba, clasista y reaccionaria que se cuela por los intersticios de
los titulares y los comentarios de los comunicadores televisivos.
Se agrega a ello, como segunda razón a considerar, la necesidad de
una despolitización masiva, con la construcción de una opinión pública
direccionada. Una realidad construida desde los medios, casi virtual e
imaginaria. El debilitamiento del pensamiento individual, del tiempo del
pensamiento. Los medios de comunicaciones monopólicos repudian el
pensamiento crítico y le oponen al llamado hombre común, la peor
expresión de la clase media temerosa, el fiel reflejo del burgués
asustado, el más peligroso sujeto antidemocrático. Esto se construye con
la desinformación y con el control en pocas manos de los medios de
comunicación y a través de opiniones interesadas, omisiones, medias
verdades y ya incluso con mentiras, apoyadas en “fuentes confiables”.
Un tercer punto a considerar es la crisis de la participación
política. La idea proyectada de que los jóvenes no participen en
política impide la regeneración de capas dirigenciales, la renovación y
modernización de los conceptos adaptándolos a los nuevos desafíos, y lo
más importante, la imposibilidad de una ideología con otros matices (más
latinoamericanista, inclusivo, regional y con una mejor distribución de
los bienes y las riquezas). Ante ello, los medios masivos aducen
militancias juveniles animadas por recompensas en puestos jerárquicos
(como si todos los miles y miles de jóvenes fueran a formar parte de un
directorio). Jóvenes dirigentes enriquecidos son razones de algunos
medios para desacreditar la militancia, restándoles toda marca de
esperanza romántica y luchadora. Sin olvidar el mítico argumento del
traslado forzado por embutidos, chacinados y bebidas en cajitas. La
llamada política clientelar y la compra de voluntades con planes
sociales o asignaciones familiares y el insoportable argumento del corte
de calles en confronte con el libre derecho del automovilista que
vuelve de trabajar. Una vez más se banaliza el nervio mismo del núcleo
democrático, el derecho a protestar.
El último factor preponderante que pone en crisis el sistema
democrático y participativo es la manipulación de la información y la
decadencia moral de algunos comunicadores. Se ha creado el concepto de
que todo juez que investiga a un funcionario lo hace para consagrar la
impunidad. Es decir, frente a la denuncia periodística, nadie es
inocente. Si el hecho es complejo, la Justicia es criticada por lenta;
si se resuelve rápidamente, no se hizo nada (por cierto en que épocas de
la dictadura nadie efectuaba este tipo de comentarios y menos de los
medios aliados y cómplices). Si se aplica una condena, nunca es
ejemplar, como si la ejemplaridad estuviera ligada a la sensación de
saciedad que una supuesta opinión pública encuentra en el escarnio y
encierro de por vida de un semejante (sin atisbo alguno de
conmiseración, sin saber quién es ese sujeto, identificándolo con las
clases marginales acreedoras de todo maltrato expiatorio). Tampoco se
pregunta, ante una absolución, qué responsabilidad tenemos los fiscales y
los policías en la investigación. Si un hecho se instala, con igual
contundencia y reiteración se emiten juicios de culpabilidad y reproche,
se piden penas eternas, con el aditamento de pudrición de la carne y
sufrimiento sin límite. La pobreza moral de aquellos que requieren
definiciones telegráficas ante problemas existenciales no hace más que
contribuir a la apatía del razonamiento y a la demonización del Estado
de derecho.
En realidad la verdad no importa. La información que transmiten es lo menos trascendental.
Frente a este panorama, ¿qué puedo proponer desde mi apoyo a la
Justicia legítima? Afirmo que: no existe un derecho a la información
“verdadera”, ya que la misma estaría en pugna con la libertad de
información; sólo podemos hablar de libertad de recibir información, Sin
embargo, como dice Ferrajoli, existe un derecho a la no desinformación
consistente en la libertad negativa, es decir, en la inmunidad frente a
las desinformaciones y la manipulación de las noticias. Esta libertad
negativa es el corolario de la libertad de conciencia y de pensamiento,
esto es la de la primera libertad fundamental que se afirma en la
historia del liberalismo y que implica el derecho a la no manipulación
de la propia conciencia provocada por desinformación en torno de los
hechos y a las cuestiones de interés público.
Si nos imaginamos al lector y telespectador de noticias como a un
verdadero consumidor, su derecho a no ser desinformado y a la no
manipulación de las noticias equivale al de no recibir mercancía en mal
estado. Al menos debemos tener el derecho de que se nos advierta con
información veraz y adecuada qué nos están diciendo y por qué, dado que
esto tiene a mi criterio protección constitucional por imperio del
art.42. Si voy a formar criterio, quiero saber desde dónde me dicen las
cosas.
La información es objeto de un interés público autónomo y colectivo
que está ínsito en todos los principios de la democracia participativa, y
es imprescindible que sea transparente, tanto como los ejecutores de
los poderes públicos. Es decir, si requiero transparencia de acción,
también la requiero de la información que me habla de esa acción.
Ya Umberto Eco nos dice que desde hace cuatro décadas la discusión
de la naturaleza de los medios se desarrolla sobre dos temas: la
diferencia entre noticia y opinión o comentario y, por lo tanto, el
problema de la objetividad por un lado; y la afirmación de que los
periódicos son instrumentos de poder controlados por grupos económicos,
que usan un lenguaje encriptado deliberadamente, en cuanto que su
verdadera función no es dar noticias a los ciudadanos, sino enviar
mensajes cifrados a los otros grupos de poder pasando por encima de las
cabezas de sus lectores, por el otro.
Si éstos son algunos de los problemas debemos proponer, dado que no
sólo son locales sino evidentemente regionales (también existen en
Ecuador, Venezuela, Bolivia y en Europa, España, Alemania e Italia, y
por cierto hasta Obama ha tenido algún enfrentamiento con la Fox) alguna
idea que mitigue tanta iniquidad.
Los poderes del Estado deben a todas luces afirmar su razón de ser
en la propia democracia y es menester que las acciones y funciones de
cada poder sean, no obstante el sistema de control republicano de frenos
y contrapesos, manifestación de la voluntad popular. Si se sanciona una
ley como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, no puede ser
el único tema el art. 161 (desinversión). ¿Qué rol juega el Poder
Judicial frente a la presunción de legitimidad de los actos de los otros
poderes, en cumplimiento de sus funciones propias? ¿Qué acto de extrema
gravedad institucional es superador de la declaración de
inconstitucionalidad? ¿Qué razón permite a un poder del Estado no
definir el fondo de una contienda que es justamente su rol principal?
¿Qué papel está desempeñando, si no es desde lo ideológico, aquel que
paraliza la vigencia de una ley? ¿Qué apolíticos son los que no acatan
la voluntad mayoritaria del Poder Legislativo, máximo exponente de la
representatividad popular? ¿No es acaso un verdadero pronunciamiento
ideológico el que se muestra? Y ante ello, ¿por qué tanta oposición a
democratizar la Justicia?
Es necesario ser independiente no sólo de los otros poderes del
Estado, sino también de los poderes fácticos, económicos y de los
poderes que bajo el ropaje de la imparcialidad, en cada acto, muestran
su cara.
La primera separación debe ser de los administrados más poderosos,
dado que, por su poder, son ellos los que quieren administrar
ilegalmente a través de las tapas de sus diarios y nunca se plantea allí
un conflicto de poderes de manera manifiesta y a plena luz para que la
sociedad vea cómo se dirimen los conflictos y de qué lado está la
Justicia.
Democratizar la Justicia es reconocer el problema de la
concentración de los medios en pocas manos, del papel en pocas manos,
del dinero en pocas manos y de los privilegios que ello implica. Los
jueces y fiscales no podemos ignorar esa realidad tan expuesta con su
ropaje más ofensivo, el de la subestimación.
Dice Ferrajoli, que nada debe saber de la ley de medios y de las
medidas cautelares en Argentina: “Hasta ahora se han incorporado y
confundido en único derecho dos derechos estructuralmente distintos y
entre ellos virtualmente en conflicto: la libertad de información y de
manifestación del pensamiento, que es un derecho fundamentalmente de
libertad de quien hace información y manifiesta el propio pensamiento y
la propiedad privada de los medios de comunicación, que es un derecho
patrimonial singular de la empresa periodística o televisiva. El
resultado es una inversión de la jerarquía constitucional de los
derechos: la libertad de información y de expresión del pensamiento, que
es la más clásica de las libertades fundamentales, resulta de hecho
sometida a un derecho poder, como es el de la propiedad de los medios,
que tiende a autoidentificarse con la primera”.
La idea de Justicia popular se ha identificado siempre en estas
geografías como acción ilegal y revanchista de grupos insurrectos, nulas
de todo ritual garantizador. En realidad, a ciertos sectores
conservadores de la derecha neoliberal argentina lo que les molesta son
las palabras sueltas, “Justicia” y “popular”; lo justo les resta
privilegios y lo popular, les quita riqueza. Las dos juntas les son
intolerables. Prefiero identificar la Justicia legítima con la Justicia
popular, entendida como defensa de los más débiles para darle a cada uno
lo que le corresponde, no solo por mérito, sino por derechos humanos
básicos y elementales.
martes, 2 de abril de 2013
“JUSTICIA LEGITIMA” LLEVA AL INTERIOR LA DISCUSION SOBRE EL PODER JUDICIAL El debate se extiende a todo el país
El primer encuentro será el próximo viernes en
Rosario. Después habrá otros en Tandil, Córdoba, Mendoza, Santa Fe y
Jujuy. Se analizarán los problemas y experiencias de los poderes
judiciales locales. El 31 de mayo se realizará en La Plata un nuevo
plenario.
El
movimiento “Justicia legítima” saldrá de gira por varias provincias a
partir de abril, con el plan de extender su discusión a todos los
rincones y poner en debate los problemas y experiencias de los poderes
judiciales locales. Habrá encuentros en Córdoba, Tandil, Mendoza,
Rosario, Santa Fe y Jujuy, además de un plenario el 31 de mayo en La
Plata. En varios de ellos estará la procuradora general Alejandra Gils
Carbó. Las prácticas judiciales corporativas (lo que incluye la
protección hacia jueces implicados en delitos), la endogamia
constitutiva de los tribunales, el poder de lobby de abogados y grupos
económicos, mecanismos que criminalizan a los más vulnerables y las
chances de generar un sistema acusatorio (con más poder para los
fiscales y criterios sobre la persecución penal) son algunos de los
temas que se vislumbran como constantes en distintos puntos del país y
que se pondrán sobre la mesa.
Los encuentros serán, la mayoría, en sedes universitarias: en Rosario el viernes próximo; en Tandil, en la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires el 12 y 13 de abril; y en la Universidad Nacional de Río Cuarto, en Córdoba, el 26 del mismo mes. En mayo se prevén reuniones de Mendoza, Jujuy y Santa Fe. El plenario general será en La Plata.
En el primer encuentro de esta agrupación crítica de jueces, fiscales, defensores, académicos y organismos de derechos humanos que se hizo en la Biblioteca Nacional en febrero último, no hubo anuncios pero se acordaron conceptos básicos: la apuesta a un cambio de la cultura burocrática y corporativa del Poder Judicial, instalar la oralidad en los procesos, abrir concursos públicos para el ingreso a tribunales, redefinir la independencia judicial (y asumir que las presiones son de todas las corporaciones, incluso económicas, judicial y religiosas), erradicar los títulos honoríficos y el lenguaje críptico, hasta dar participación a la ciudadanía en el sistema y su control. No se acordó una postura sobre el pago de Impuesto a las Ganancias, que la presidenta Cristina Kirchner sí alentó un día después en la Asamblea Legislativa, cuando también anunció proyectos de ley que aún no han sido presentados, entre ellos la elección popular de consejeros de la Magistratura, los concursos para ingresar por idoneidad y la publicidad de las declaraciones juradas de los jueces.
Es cantado que en cada provincia se planteen distintas realidades, aunque hay un hilo conductor. Gabriel Pérez Barberá, juez de Córdoba, dice que en esa provincia, por ejemplo, “hay dos banderas de ‘Justicia legítima’ que ya funcionan bien y son una referencia: el ingreso por concurso e idoneidad de todos los empleados y el juicio por jurados; a la vez el Consejo de la Magistratura es más transparente que el nacional”. Sin embargo, dice Pérez Barberá, “rige una fuerte empatía de clase entre jueces y poderes económicos, lobbies económicos operan y esto está naturalizado, no es visto como algo negativo”. “También es complicada la independencia interna porque la Justicia es muy conservadora”, advierte.
Omar Palermo, juez del Superior Tribunal de Mendoza, está preocupado por las inequidades del servicio de justicia de su provincia, “que criminaliza a los más vulnerables” y les “hace difícil el acceso a la Justicia”. Reclama discutir el desarrollo de un sistema acusatorio, que dé facultades investigativas a los fiscales y la posibilidad de sentar principios de oportunidad, es decir, que definan hacia dónde dirige el Estado los esfuerzos para investigar, por ejemplo, si a los perejiles y delitos de poca monta o a las grandes organizaciones delictivas, a menudo asociadas a funcionarios y fuerzas de seguridad. Un problema que comparten Mendoza y Chaco es que los ministerios públicos (defensa y fiscalías) son parte del Poder Judicial, cuando deberían ser autónomos. Incluso en Mendoza están juntos: se mezclan acusadores y acusados.
En ciertos lugares, anuncia Auat, habrá que discutir cómo se han hecho nombramientos. “En Chaco –ejemplifica– se nombró a los jueces del Superior Tribunal sin concurso. Hay que discutir cómo hacer para que la estructura de la Justicia deje de reproducirse como una casta, algo que sucede en todos lados.”
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